El famoso “maíz de ocho” para pozole y tamales
Sus granos son blancos, planos, grandes y anchos. Tienen como característica la buena absorción de la humedad y revienta al nixtamalizarse. Es especial para el pozole. Se trata del maíz de ocho, cultivo que se está perdiendo en la región Valles de Jalisco.
Por ello, la Universidad de Guadalajara (UdeG), mediante el Centro Universitario de los Valles (CUValles), realiza esfuerzos para la conservación de este grano criollo, ya que constituye parte de la riqueza genética del país y un área de oportunidad de negocios para los productores.
El maíz blanco de ocho tiene como ventaja que no se mezcla genéticamente con el maíz híbrido, ya que las plantas no florean al mismo tiempo; entonces, pueden sembrarse en una misma comunidad o región ambas variedades.
CUValles, a través del Centro Regional para la Calidad Empresarial (CReCE), impulsa el cultivo de maíz blanco de ocho, y apoya a productores de variedades híbridas blanca y amarilla, en el caso de la comunidad La Esperanza y El Cabezón, para que comercialicen con más ganancias sus productos, sin restar importancia a las variedades criollas.
Estudiantes y académicos del CUValles influyen con capacitación para incentivar la producción de maíz blanco de ocho, explicó el maestro Francisco Javier González Rodríguez, académico jubilado quien laboró en el CReCE.
Una de las razones por las que se está perdiendo la costumbre de sembrarlo, es que, según los ejidatorios, se “acama” la milpa, es decir, se cae. Esto puede ser corregido de manera paulatina gracias a una adecuada selección de la semilla cuando la milpa está verde, tomando en cuenta que el grano que será sembrado es seleccionado de la cosecha anterior.
“Otra razón que esgrimen es que el maíz de ocho no es tan productivo como los híbridos, de los cuales pueden obtenerse hasta catorce toneladas por hectárea, mientras que con la variedad criolla, solamente 11 toneladas por hectárea”, declaró el académico.
En contraparte, el criollo tiene como ventaja que puede venderse a un precio mayor que el híbrido, el cual se paga a los productores a un mínimo de 3 mil 400 pesos la tonelada y un máximo de 4 mil 14 pesos. En cambio, los comerciantes pagan por el de ocho, sin nixtamalizar, entre los ocho hasta 18 pesos el kilo, lo que representaría por tonelada cerca de ocho mil y hasta 18 mil pesos, calculó el académico universitario, lo que representaría una ganancia mayor.
También se pretende sembrar una “parcela demostrativa”, que serviría para cuantificar la producción, así como “ver la posibilidad de su procesamiento para venderlo ya nixtamalizado para pozole y tamales, además de ayudar a los ejidatarios a crear una marca. Para ellos se les daría asesoría en el CReCE”, abundó.
Los productores de La Esperanza
La comunidad de La Esperanza, vecina a la población de Ameca, tiene 119 ejidatarios. Ellos tienen entre dos y media y hasta 20 hectáreas por cabeza, y sólo 40 producen maíz, señaló el ejidatario Vicente Jiménez Monay.
–¿Cómo los ayudó el CUValles?
–Acudió un grupo de estudiantes y académicos para orientarnos sobre cómo canalizar mejor nuestros productos y sacarles un valor agregado. Nos dijeron que podíamos formar microempresas para comercializar directamente el producto terminado. El grano que producimos se comercializa por medio de los llamados ‘coyotes’, los intermediarios que venden el producto a las empresas”, dijo Jiménez Monay.
–¿Cuáles problemas enfrentan al tratar con los “coyotes”?
–El maíz lo cosechamos alrededor del mes de noviembre o diciembre, y ellos nos están pagando hasta marzo. Durante ese tiempo no recibimos ningún ingreso. Pero si nos animamos a vender el grano de manera directa, podríamos obtener, incluso, mejor precio.
El caso de El Cabezón
En el ejido el Cabezón, compuesto de 358 ejidatarios, son sembradas variedades criollas, híbridas y amarillas de maíz. Esa comunidad enfrenta problemas similares a los de la Esperanza en la comercialización de sus productos, derivados del intermediarismo.
Los ejidatarios, gracias a la asesoría que recibieron del CReCE, se dieron cuenta que su problema es la organización. Ellos saben que si se unen para compran al mayoreo sus insumos van a ahorrar dinero, y si comercializan sus granos de manera directa con las grandes empresas, ganarían más, destacó el académico Francisco Javier González Rodríguez.
