Por Moisés Navarro

El ingreso al parque Agua Azul y el lago que tuvo alguna vez, hacia la década de 1910-1920/Fotos: Cortesía
No fue hasta 1893 que se comenzó a gestar el plan para hacer del manantial conocido como el Agua Azul un parque. En la revista conocida como El Continental –publicación hecha en Jalisco y que se afirmaba como prensa no oficialista del Porfiriato– anunciaba en uno de sus pequeños encabezados el veinte de agosto del año que ya mencioné: “Aprobado: El viernes de la semana pasada fue aprobado por el Jurado nombrado al efecto, el proyecto presentado por D. Manuel G. de Quevedo para la construcción del Parque del Agua Azul”.
Antes de aquel año, era un manantial, y el lugar donde desembocaban las aguas del río San Juan de Dios. Algunos habitantes de la ciudad se referían a aquel sitio como estanque o pantano, debido a que el agua se extendía metros afuera de su área natural y anegaba el paso a los transeúntes. Sin embargo, las familias acudían a ahí como paseo, pero pronto algunos riquillos y políticos comenzaron a quejarse de la pestilencia que salía de ahí y que, por lo tanto, se tenían que hacer algunas acciones al respecto.
La adquisición fue hecha en la gestión del entonces gobernador Luis C. Curiel, y pertenecían a don Antonio Álvarez del Castillo. Cuenta Juan Palomar Verea que el parque pudo llegar a tener más de cien hectáreas, pero en 1988 se instaló una estación ferroviaria que dividió al parque en dos. El mismo Palomar dice, que a pesar de eso, el parque se mantuvo con 85 hectáreas las cuales fue perdiendo hasta quedar en las 17 que tiene ahora.
La construcción del parque tuvo sus contratiempos. Se compraron árboles, pero muchos de estos fueron hurtados aún después de haber sido sembrados. Luego, la constante disputa entre si se debía o no utilizar el agua de aquellos manantiales para el beneficio de los habitantes de la ciudad, y si se debían cubrir sus aguas por antihigiénicas.
En 1918, la Sociedad de Normalistas de Jalisco agradecía al “Muy ilustre Ayuntamiento Constitucional de 1917 en el oficio número 3489 fechado el 30 de octubre pasado, cedió a esta organización un lote para ejercicios higiénicos y deportivos”.
En ese mismo año se hizo una concesión de un terreno del parque a un productor de flores. Don Álvarez del Castillo se opuso ante dicha concesión. No así el resto del gabinete del ayuntamiento de aquel entonces. El ciudadano munícipe Araiza argumentaba, según se puede leer en la relatoría –que eran publicadas en los periódicos de la época– que:
“Si el ayuntamiento no recibe en la actualidad ningún beneficio de esos terrenos, no veo la razón por la cual no deba concederse. Por otra parte, ese terreno está completamente abandonado, con basuras, etcétera, y los pasajeros que llegan de fuera diariamente reciben muy mala impresión y mucho qué decir de la cultura de Guadalajara”.
El ciudadano Loera estuvo de acuerdo con el ciudadano Araiza siempre y cuando “el interesado dé las flores que se necesiten para los festivales”.
Días después se cedió otro terreno en favor de la Dirección de Militarización, quienes necesitaban ese cachito para construir canchas deportivas de futbol, beisbol, entre otras. Estas canchas, argumentaban, serían de utilidad para la niñez del estado y no, únicamente, a quienes estuvieran inscritos en aquella dirección.
El ciudadano Araiza comentó al respecto: “Yo rogaría a la H. Asamblea se diga que no se derribará ningún árbol pues me parece del todo inconveniente”. El ciudadano Solórzano contestó: “No estoy de acuerdo con lo manifestado por el compañero Araiza porque en mi concepto deben sacrificarse los árboles en bien de la niñez”. Y en bien de la niñez, árboles se sacrificaron, terrenos de lo que pudo haber sido un megaparque se cedieron o se concesionaron.
Cien años después el Ayuntamiento de Guadalajara sigue cometiendo los mismos errores en los pocos parques que nos quedan. En la siguiente columna seguiremos hablando del Parque del Agua Azul…
