Traspasando las fronteras
Para el poeta uruguayo la metáfora transforma el lenguaje cotidiano, recreando distintos panoramas para nombrar y percibir el mundo
Por José Antonio Neri Tello*

“La poesía es revelación en el límite del lenguaje, llega hasta lo que no se dice, hasta lo que no puede decirse, y, si hay suerte, da un paso más allá. Ese paso es decisivo para vivir”/Foto: Cortesía
El ejercicio de la poesía traspasa fronteras, pues es la palabra común el vehículo por el cual las ideas adquieren sentido y forma independientemente de la zona geográfica. Uno de los escritores con mayor trayectoria en el sur del continente americano es Rafael Courtoisie, quien en los próximos días recibirá en San Cristóbal de las Casas un homenaje a su trayectoria, en el marco del IV Festival Internacional de la Poesía, donde además presentará su nuevo libro Diario de un Clavo.
Rafael Courtoisie es autor de Lugar de los deseos, Partes de todo, Parranda, entre otros. Ha recibo los premios Premio Internacional Casa de las Américas, Bartolomé Hidalgo, premio Internacional de Poesía Fundación Loewe, el Premio Internacional de Poesía Plural, el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines; es autor de las antologías Plural de la Poesía Uruguaya del siglo XX, Plata Caribe. Poetas dominicanos y uruguayos. Ha sido profesor en el Centro de Formación de profesores del Uruguay, catedrático en la Universidad Católica de Uruguay, ha sido profesor invitado en Florida State University (Estados Unidos), Cincinnati University (Estados Unidos), Birmingham University (Inglaterra) y la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es miembro de la Academia Nacional de las Letras en Uruguay
Neri Tello: Quizá no se pueda definir qué es la poesía, porque ello equivale a problemas de carácter filosófico, quizá ontológico, a los que únicamente pudiéramos llegar a acercarnos, entonces, ¿qué es el poema?
Rafael Courtoisie: El maestro José Lezama Lima, quien me acompaña desde Estambul a México, desde Kiev a Oklahoma, con su presencia invisible, decía que “la poesía es un caracol nocturno en un rectángulo de agua”. El poema es una especie de “conductor” de poesía, planteaba Octavio Paz.
El poema conduce poesía a través de las palabras, pero la poesía no está en las palabras como la energía no está en un cable de cobre, sino que se conduce a través de él.
La poesía es eso: una energía humana, única, diferente de toda claridad pero que incluye todas las luces y las sombras del hombre.
NT: Hablando de poesía ¿qué lugar ocupa el lenguaje dentro de la vida cotidiana y cómo éste se convierte en poesía?
RC: Roman Jakobson habló de las “funciones del lenguaje” y hay una que es, precisamente, poética. Pero la poesía es, siempre, un más allá del lenguaje a partir del lenguaje: hace decir al lenguaje, –fenómeno social, que se agota– profundas y antiguas verdades. Pero decirlas como si fuera la primera vez. La poesía es revelación en el límite del lenguaje, llega hasta lo que no se dice, hasta lo que no puede decirse, y, si hay suerte, da un paso más allá. Ese paso es decisivo para vivir.
NT: ¿Cómo la poesía y el lenguaje trastocan la realidad?
RC: La forma de conocer es a través de la metáfora. No hay conocimiento que no sea metafórico, poético. Por eso, cada lengua entiende el mundo como un sistema poético: “nothing to do”, se dice en inglés (nada que hacer) y “nada que ver” se dice en español, para indicar que una cosa no se relaciona con otra. “Aprender de memoria”, se dice en español, y “learn by heart”, se dice en inglés, pasarse por el corazón lo que se aprende. Son metáforas distintas para definir el fenómeno del conocimiento. Cada sistema poético y cada lengua trabajada en términos poéticos transforma el lenguaje, y el lenguaje, luego, inventa la realidad, la altera, la modifica porque nos modifica a nosotros, los hablantes, nos cambia el modo de entender el mundo.
NT: ¿Qué es lo que hace diferente el lenguaje cotidiano del lenguaje poético?
RC: El lenguaje cotidiano se desgasta por el uso. Las palabras “pueblo”, “libertad”, “justicia”, en boca de algunos gobernantes, son una botella de tequila vacía, sin una gota de néctar: no alienta nada, es una burbuja. La palabra “amor” se prostituye en muchos teleteatros y malos poemas, en aquello que “dizque es poesía”. El lenguaje poético sacude la cotidianeidad, reinventa las palabras, llena la botella vacía del mejor tequila y al lado pone un vasito de sangre viva, estimulante, eso que llaman “sangrita” y que algunos creen que es nomás “jugo de tomate”. ¡¡No!! Porque es sangrita que nos vivifica, que nos alimenta, que obra el milagro de Jesús en las bodas de Caná, al lado del tequila blanco como el agua y del agua misma, del agua, que es un jardín secreto de alegrías transparentes.
NT: ¿En qué momento la metáfora le da alma, sentido y razón de ser al lenguaje poético?
RC: Tiene una sola oportunidad para hacerlo, un momento de éxtasis. Eso se da una vez, como un milagro, cada día. En el autor y en el lector, que se hacen uno, que comulgan. Hay que purificarse para eso, hay que ir a un temazcal y luego meditar, orar a las nubes en una parcela de milpa.
NT: ¿Cuál es la función de la metáfora?
RC: Descubrirnos el mundo, hacernos felices o infelices, provocar orgasmos más allá del cuerpo, en el cuerpo de dentro, en el cuerpo cierto: comunicarnos con los demás, dejarnos ser en la red colectiva, en el tejido vivo que somos con otros.
NT: El lenguaje poético nos lleva a una comunión, y de allí a una espiritualidad, no en el sentido religioso convencional o dogmático. ¿Qué sentido tiene dentro de lo poético el otro y la comunión con todo aquello que nos rodea?
RC: La única vía para estar en el mundo sin contaminarlo, es la poesía. La poesía es una forma de vida y es también la posibilidad de generar una razón distinta para el tercer milenio, una razón más humana. Una razón poética.
NT: Entrando a su reciente libro, Diario de un clavo, ¿por qué utilizar el clavo como metáfora de situaciones cotidianas, que van, desde el discurso religioso, el trabajo hasta el erotismo?
RC: La idea es desarrollar a partir de un objeto común y corriente toda una especie de epopeya de lo cotidiano. Basta abrir los ojos para ver maravillas por todas partes: un vaso, un tallo, una taza.
El clavo tiene una poderosa simbología erótica y mística a la vez. Los clavos de la Cruz, pero también el clavo erecto y sensual, la verticalidad erótica y la sugerencia de posible sensibilidad femenina y masculina en juego dialéctico y armonioso. Es un libro lúdico, que trata de plantear el humor también a partir de un objeto que pasa desapercibido, pero cuya carga de sentido es tremenda.
NT: En el libro, además se presenta el clavo como un personaje que violenta, pero al mismo tiempo es violentado por la hoz y el martillo. ¿Por qué cualquier unión, representado por la madera, debe pasar por ese grado de violencia que al final une?
RC: No necesariamente. El mundo del clavo es un mundo heroico: sostiene, sujeta las cosas en su lugar. Penetra, pero no necesariamente con violencia, más bien con un silencioso erotismo, con una potente, poderosa seducción en la que se redimen los “pecados” del mundo, en la que nace el goce, la alegría.
Pero el clavo también oculta una posible debilidad: puede doblarse, puede no erguirse, puede ser martillado, lastimado: su fortaleza y su debilidad conforman dos partes del misterio humano, como el día y la noche, como el sol y la luna. Como la palabra que se clava en el silencio, haciéndolo sentir.
NT: Son muy creativos el desarrollo y la descripción de los parientes del clavo, ¿por qué utilizar objetos que al mismo tiempo se hunden y punzan?
RC: Vivimos en un mundo de nexos, relaciones, interpretaciones, mezclas, cópulas: una cosa penetra a otra, una flor tiene una parte femenina y otra masculina, el cuchillo es un arma o un instrumento de sanación cuando se llama “bisturí”.
El libro trata a los “parientes” del clavo con un humor a veces surrealista y a veces hiperrealista. Pero en realidad se trata de reconocer un paradigma diferente de sexualidad y placer, menos machista, más amplio, contundente sin dejar de ser delicado.
Diario de un clavo es también un homenaje a la mujer no a través del esquema romántico del siglo pasado, sino a través de una sensibilidad masculina que se siente en la piel y eriza, como si una brisa mística acariciara el valle entre los senos de una muchacha y el rocío mojara la hierba rala de su pubis, la grieta de la que nacimos y a donde inevitablemente vamos, felices, a enterrarnos.
*Colaborador especial
