Poeta y editor

Como un objeto de placer, el escritor tapatío platica sobre su proceso creativo y cómo concibe la literatura que se escribe en Jalisco

Por José Antonio Neri Tello*

Antonio Marts es responsable de la Editorial Paraíso Perdido, donde ha publicado a numerosos escritores y poetas/Foto: Cortesía

Antonio Marts es responsable de la Editorial Paraíso Perdido, donde ha publicado a numerosos escritores y poetas/Foto: Cortesía

Con un largo camino como editor recorrido, el escritor Antonio Marts ha estado al frente de distintos proyectos editoriales que involucran la creación de revistas y libros. Sin embargo, estar al frente de la Editorial Paraíso Perdido no ha detenido su minucioso camino creativo, ya que es autor de los libros Antes de estar (FETA 1998), La memoria y el eco (Ecrits de Forges, 2004), los libros de narrativa Sobre piratas de los sueños (Mala estrella 1997), Al fondo del corredor (El viaje 2005) y Árbol rojo sobre la colina (CECA 2010).

Neri Tello: Quizá no se pueda definir la poesía, entonces ¿cómo podemos definir el poema?

Antonio Marts: Siempre he visto el poema como un balbuceo, quien se pone a escribir un poema tiene una imagen o varias. Quizá quien la escriba la tiene clara, pero al momento de pasar esa imagen visual, onírica o poética, al tratar de traducir esa imagen a palabra, como cualquier traducción es una especie traición, y lo que tenía visualizado, a lo que está en el papel es solo un balbuceo, que muchas veces alcanza para acercarte a la imagen que tenías, que es cuando el poeta logra transmitir algo más allá que solamente las palabras.

Sería como lo más cercano a definir que es que poema. También lo siento cercano a la respiración, un poema es como respirar, como caminar, es un pedazo de lo vital. No me gusta definirlo de una manera técnica como si fuera una serie de palabras, con ritmo… Obviamente tiene ritmo, pero me gusta pensar en el poema como una traducción.

NT: Hablas de las palabras y estas se insertan en lo cotidiano, ¿cómo es que se traspasan de un lenguaje cotidiano a un lenguaje poético?

AM: No lo sé con certeza, y eso es parte del misterio poético. Las palabras pueden ser de uso cotidiano, pero el sujeto, sin proponérselo, puede develar ese otro lado, esa famosa otredad. Y no existe un método, es como estar picando piedra, picando piedra, aunque pareciera que estás haciendo algo incoherente. Nunca en realidad me lo he preguntado seriamente. Yo pienso que te topas con el verso, con la imagen que te abre la puerta a otro lado, como una especie de deja vú o flashazo, cuando lo tienes tan fuerte que piensas que lo puedes asir, pero cuando lo intentas hacer se va.

NT: ¿Cómo es que se trastoca la realidad?

AM: No creo que sea un trastoque de la realidad, no tengo idea de lo que suceda. Es complejo tratar de ponerlo en palabras. Es parte de la explicación de que la poesía es inútil, en el sentido de la utilidad con la que de pronto se carga el producto, el trabajo, en esta sociedad contemporánea, porque no está trastocando, por ejemplo, la madera en una mesa que puedas vender. Tampoco creo que un poema tenga por sí mismo tenga la capacidad de cambiar el destino de un país, a lo sumo, puede ser una pequeña borrachera que pueda ser tocado por un verso. Borrachera en el sentido, en un momento podemos desconectarnos y olvidarnos de esta realidad. No la cambias, pero por un momento te alejas de ella, y desde ese punto de vista distante, que puede ser fugaz, alcanzas a ver posibilidades de esa realidad. No la transformas, decides si sigues el camino de esas posibilidades o retornas a tu realidad. Tal vez un buen poema pueda cambiarte a ti, pero esa no es su pretensión. Yo no diría que se pongan a leer poesía para cambiar.

NT: Entonces, ¿qué función tendría la poesía?

AM: Yo no le veo función. Como muchas cosas que tienen que ver con el arte, tiene que ver con el placer. La poesía te va a procurar placer, dependiendo del lector serán los niveles. La poesía tiene que ser con el arrebato, con un instante. Es como cuando le das la primera probada a un alimento que te encanta después de no haberlo probado hace mucho tiempo, es delicioso, pero conforme te lo comes va bajando esta emoción. O también es, como si regresáramos a nuestra pre-adolescencia, el primer beso. Son emociones como si estuviera descubriendo algo por primera vez, eso es lo que pasa con un poema. Un poema puede hablar de la muerte -tal vez podemos tener o no un acercamiento ya con la muerte previo- y la sentimos. Pero el poema no tiene función, está ahí no porque deba cumplir con una función, quizá está como un testigo mudo del paso del hombre a través del tiempo.

NT: Pero al hablar del pasado encapsulas la poesía en un tiempo.

AM: No me refiero a que sea una cuestión del pasado, sino a que no está encerrada, en el momento en que dejas de leerla desaparece. Mientras la gente la siga leyendo está allí, independientemente del tiempo. Es lo más cercano que pudiera tener en término de función, más allá de si está encasillada o no, al fin de cuentas cualquier escrito sucede en el tiempo, y va estar marcado por la época. Y si nos ponemos técnicos el tiempo dura de la primera palabra a la última. La literatura puede permitir un paréntesis en el tiempo.

NT: Mientras no se lea la poesía está en blanco, existe mientras es leída. ¿La poesía puede ser un descubrimiento?

AM: Para el lector lo es, para quien escribe lo es. De hecho, debe ser descubrimiento para quien escribe. Hasta cierto punto, mi concepción sobre la poesía es tradicional y en parte se lo debo a mi formación, a mis lecturas, yo sigo pensando si llegaría a considerarla como un ritual o al algo religioso, sí creo que tiene un poco de conexión con el interior, me cohíbe llamarla espiritual, pero sí tiene una carga hacia ese lado.  Por lo tanto, si nadie lee la página desaparece, sí tiene que ver con el descubrimiento, pero prefiero verlo como el avizoramiento. Descubrir lo puedo relacionar con la arqueología. Pienso que el poema puede ser una isla y tú vas en un barco, a lo lejos puede verse toda borrosa.

NT: Entrando a lo que es la poesía en Jalisco, de los cánones que dan una identidad, ¿cómo podríamos definir esa identidad? Si es que existe esa identidad.

AM: Es muy complejo hablar de una identidad poética, de un estado, de una ciudad, de un país o de una lengua. Si bien hay una tradición que probablemente no es tan grande, que puede tener doscientos años para acá. Siempre han sido unas cuantas figuras. Es inevitable ir en contra de ciertas tendencias de la poesía en general. Llegó el modernismo y la mayoría quiso escribir en esa línea. Se escribió de manera experimental en los años sesentas y setentas. Cada generación quiso romper con la generación anterior, y no sé si eso es una identidad. No sé si los jóvenes que están escribiendo están tratando de romper con todo lo que se ha hecho anteriormente y parte de eso; es el rompimiento con el lenguaje que ellos traen. También hay una línea más conservadora, con jugar con las palabras conservando el significado. También hay una divertida situación en la que se confunde la creación poética con el “personaje poético”; aquel que escribe y que es reconocido por el hecho que escriba y no por lo que esté escribiendo, hay una tendencia a explotar la personificación del poeta, que basarnos en los textos. Hay una urgencia por aparecer en el mapa, cuando en las generaciones anteriores era por publicar, o porque la escritura fuera la que apareciera en el mapa.

NT: Tú empezaste a publicar en los años noventa, que fue una época muy rica, ¿qué fue lo que marcó a los escritores de tu generación?

AM: Me pongo a pensar quiénes estaban escribiendo en esa época, y no encuentro un hilo conductor, porque, realmente los poetas que empezamos a publicar en los noventas, no hubo muchos que siguieran por el camino de la poesía. Incluso yo mismo me metí más a la edición y nunca me pregunté cuál era el hilo conductor; veníamos de diversos lados, hubo algunos que siguieron un camino académico, y quizá eso me separó de ellos. Lo único que nos pudo unir, es que es una generación que apareció antes “boom” de las publicaciones electrónicas, que tal vez sin saberlo –porque apenas estaba el Internet- un boom por publicar revistas, hacer editoriales, por dejar una huella impresa. Quizá ese fue nuestro hilo conductor, era muy importante tener un proyecto de edición, quizá pensábamos que eso le daría validez a nuestro trabajo, eso era ingenuo y éramos jóvenes. La mayoría estuvimos metidos haciendo revistas o haciendo editoriales. Está Arlequín, Mantis, Paraíso Perdido en esa época. Eso era lo que nos unía; estar editando y no todos siguieron haciéndolo. También no había tanta gente escribiendo como ahora, fue una generación que tenía el interés por ser publicado por Tierra Adentro, porque sentíamos que había un filtro de calidad, no me atrevería llamarle validez. Si se analiza los primeros escritores de Tierra Adentro hay algunos que esa publicación dio pie a una obra bastante interesante, llegar a publicar allí era pensar que podíamos seguir esos pasos.  Y como todas las generaciones queríamos dejar nuestras huellas, nuestra forma de hacer las cosas. Si hacíamos una revista literaria queríamos hacer algo diferente a lo que se estaba haciendo, aunque fuera literaria y lo mismo pasaba con las editoriales. Convivimos con algunos escritores, que quizá algunos ya fallecieron y otros, que deberían de estar ocupando, por su edad y su obra, un puesto de guías. Aunque esta figura del guía ha venido en declive, o algunos no dieron el ancho. Convivimos en encuentros y en lecturas con escritores mayores a nosotros y eso abrió las puertas a una carrera literaria.

 

*Colaborador Especial