Lo que ha prevalecido en los últimos 16 años es la dureza, la crueldad, la indiferencia, la insensibilidad

Ningún partido, ningún gobierno, ningún candidato, ninguna organización civil ha llamado ni llamó a la unidad nacional

Por Javier Sicilia

Fotografía relevante a la nota.

Si hubiese habido compasión –esa virtud que, al sentir el sufrimiento ajeno, se niega a mirarlo con indiferencia–, jamás habríamos aceptado ir a las urnas sin que antes partidos y gobiernos limpiaran sus filas de criminales, corruptos e imbéciles/Foto: Cuartoscuro

Junio 12, Ciudad de Méxi­co (apro).- De todos los principios éticos, la compa­sión –sentir el sufrimiento del otro– es el más difícil de practicar: a nadie –dice André Compte-Sponville– le gusta ser su objeto. Tampoco sen­tirla. En México, sin embargo, la compasión, socialmente ha­blando, se volvió casi inexis­tente. Lo que ha prevaleci­do en los últimos 16 años es precisamente su contrario: la dureza, la crueldad, la indife­rencia, la insensibilidad. Lo muestran los más de 300 mil asesinados, los más de 88 mil desaparecidos y las más de 4 mil fosas clandestinas, que permanecen impunes y cuyo número aumenta.

Pese a esa realidad in­aceptable, a la que en los me­ses previos a las elecciones se sumaron –según Etellekt Consultores– 910 agresiones contra aspirantes y candidatos –91 de ellas asesinatos– nin­gún partido (aun cuando mu­chas de estas víctimas fueron de sus filas), ningún gobierno, ningún candidato, ninguna organización civil ha llamado ni llamó a la unidad nacional; ninguno a poner de lado las diferencias y a exigir como prioridad del país una política de Estado conjunta en favor de la justicia y la paz; ninguno a salir juntos a las calles para salvar la democracia.

Por el contrario, como si esos hechos fueran la norma y la democracia existiera en esas condiciones, gobiernos, partidos, candidatos, ciuda­danos, acompañados por la prensa, prosiguieron su mar­cha hacia unas elecciones en­sangrentadas, llenas de dinero sucio y de cárteles asociados con ellas. Muchas personas, incluso, han mantenido en las redes sociales una violencia verbal que hiela la sangre.

Si hubiese habido compa­sión –esa virtud que, al sentir el sufrimiento ajeno, se niega a mirarlo con indiferencia–, jamás habríamos aceptado ir a las urnas sin que antes parti­dos y gobiernos limpiaran sus filas de criminales, corruptos e imbéciles; sin exigir que, por encima de nuestras diferencias políticas y de nuestras con­cepciones del rumbo del país, se hubiera puesto como única prioridad de la nación una po­lítica consensada de justicia y paz. Lejos de ello, repitiendo el ritual vacío de las elecciones, cuyos resultados –lo hemos visto en cada una de ellas– ter­minan por acrecentar la vio­lencia y contaminar cada vez más la vida política y social del país, se optó por lo contrario. Al ir a las elecciones en esas circunstancias, se depositó un voto en favor de la violencia y el crimen. Nada que no tenga que ver con esas plagas saldrá de las cajas de pandora de las urnas. No importa si al votar se hizo por personas que guar­dan un sentido de la dignidad. El problema no es de personas –ojalá lo fuese–, sino de es­tructuras e instituciones pene­tradas por gente relacionada con el crimen organizado o contaminadas por sus métodos y conductas.

El propio Andrés Manuel López Obrador, que debería ser el garante de la paz, ha sido uno de los principales promo­tores de la crueldad y la indi­ferencia. Su supuesto cristia­nismo, que reduce a Jesús a un simple luchador social, olvidó, en su ignorancia, una de las bases de la doctrina del pobre de Nazaret: la compasión, que acompaña al agapé –la mano­seada caridad reducida a dá­divas–. Al olvidarlo, AMLO, lejos de asumir, como Jesús, el sufrimiento de las personas –incluyendo el de los enemi­gos– y a rehusarse, como él, a aceptarlo con indiferencia, se contaminó de saduceísmo y se volvió solidario del crimen. Por ello traicionó la agenda de justicia transicional pactada con las víctimas (las acusó de ser un show y de querer “man­char” su “investidura”), des­truyó las instituciones creadas para defenderlas, levantó va­llas contra las mujeres, mandó “al carajo” a las víctimas del siniestro de la Línea 12 del Metro, entronizó a las Fuerzas Armadas, ha sido connivente con la familia del Chapo Guz­mán y con el crimen organi­zado que se ha apoderado de amplios territorios del país y del Estado (aquel –dijo un día después de las elecciones– “se portó en general bien, el vier­nes, sábado y domingo [mató sólo] a 209, menos de 70 por día”) y ha convertido “las ma­ñaneras” en un sanedrín de jui­cios sumarios.

Esa ausencia de compasión que lo caracteriza y que pro­mueve cada día es la misma con la que, con otras retóricas, gobernaron Calderón, Peña Nieto y gobiernan muchos go­bernadores, presidentes muni­cipales y “representantes” de esa abstracción llamada “pue­blo”; la misma que ha llevado a muchos sectores sociales a polarizarse y perder de vista la captura del Estado y de los partidos por parte del crimen; la misma que condujo a una porción de la sociedad a las ur­nas a ejercer un voto tan demo­crático como solidario de una lógica partidista inaceptable.

Mientras no seamos ca­paces de recuperar la com­pasión y, con ella, la indig­nación para crear una agenda consensada de justicia y paz, las urnas seguirán siendo un simulacro democrático y el destino de eso que aún llama­mos Patria el de una violencia incontrolable y un matadero cada vez mayor. La compa­sión, decía Schopenhauer, es la base de la moral. Se opone a la crueldad (el mal mayor) y al egoísmo (fuente de to­dos los males). Mientras no volvamos a ella, jamás hare­mos lo que debemos hacer: detener el horror y sentar las bases para un nuevo pacto social, una nueva forma de democracia y un suelo donde volver a florecer.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, libe­rar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a goberna­dores y funcionarios crimina­les, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los me­gaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.

(Para Tomás Rojo y su fa­milia)