Por Moisés Navarro

Melchor, Gaspar y Baltazar sustituyeron a una deidad conocida como “Machis” por los antiguos pobladores de Cajititlán; para evangelizarlos, los religiosos de la Colonia “modificaron” la tradición, dándole la forma que hoy se celebra en el segundo vaso lacustre más grande de la región/Fotos: Cuartoscuro
“Ya llegaron, mis Reyes magos de Cajititlán”, era la frase con la que nos recibía mi abuela cada que íbamos a visitarla. Uno creería que los Reyes Magos eran de por allá de oriente, pero según aquí, en Guadalajara, no son de allá, son del segundo cuerpo de agua más grande de la región: la laguna de Cajititlán.
Es por eso que por estas fechas, la gente recuerda la existencia de aquel pueblo ubicado en el municipio de Tlajomulco de Zuñiga, y llene sus calles el día 6 de enero y los días previos al Día de Reyes, pues, como son los patronos de su iglesia –novenario obliga– a tener nueve días de fiesta alrededor del trío impuntual más famoso de la cultura occidental.
Alrededor de la laguna se asentaron grupos cocas, llevaban la pesca y la agricultura como principales elementos de producción. Algunos de ellos tenían como deidad a un tal “Machis” que tenía su hogar al fondo de la laguna. Los ribereños le llevaban ofrendas en sus canoas adornadas con la esperanza de que esta deidad agradeciera un poquito y les diera un buen temporal. Con la llegada de los españoles, los franciscanos vieron dicho ritual y –aprovechados como eran–suplantaron a “Machis” con Melchor, Gaspar y Baltazar. De ahí la creencia –que pervivió mucho tiempo– de que los reyes salían del fondo de la laguna. (Al “Machis” lo festejaban alrededor del mes de enero, por eso los franciscanos les sambutieron a estos reyes y no a algún otro santo).
Se tallaron las figuras de madera de los Reyes Magos y en 1634 se inició con la construcción de la basílica que las albergaría y que sigue en pie y forma parte de la llamada Ruta franciscana de Tlajomulco. (Recordemos, una basílica cristiana-romana está conformada por su atrio, el nártex –el espacio que está a la entrada para los pecadores no bautizados– tres puertas de cada nave, las tres naves –pasillo dividido por dos muros o columnas–, el espacio para el coro, el presbiterio elevado y los dos altares menores).
Estuve en Caji días antes del 6 de enero. En el atrio pude ver cinco casas de campaña de personas que esperan la llevada de los Reyes por canoas, también la construcción de un enorme castillo de fuegos artificiales, un escenario para los mariachis y bandas que llegan cada día del novenario; puestos de todo tipo: de fritangas, de pan, de birria, de codornices, de artículos religiosos, de charales que evité comer pues la laguna ha sufrido de dosis de contaminación muy altas. También vendían sombreros, accesorios, bebidas.
Un elemento de Protección Civil intentaba contabilizar a las personas dentro del atrio.
–¿Qué serán, unas ciento cincuenta?
–No, no tantas –contestó su asistente.
–¿Unas ochenta?
–Yo creo que unas cien, ciento veinte.
Yo también le quise entrar a la quiniela, pero me dijeron que era exclusiva para miembros de Protección Civil. Así que entré al antiquísimo templo. Ahí observé a las viejas figuras y a las personas que hacían fila para persignarse y entregar sus bolsas o carteras a unos chamacos que las pasaban por las capas de cada uno de los Reyes. En la pared había un letrero que decía “No se bendicen aparatos tecnológicos” pues ya se sabe, a ese tipo de aparatos ya los besó el diablo. También estaba otro letrero que indicaba “solo bebes”. Creo que quería decir que sólo los bebés pueden ser pasados por los trapos de los Reyes. Uno más ordenaba “No celulares, tablets, nada de tecnología”, cosa que todos decidimos ignorar porque anduvimos saque y saque fotos. El más curioso decía: “No entre de rodillas durante la misa”.
En la sala contigua del templo estaba un chiquillo con una capa trepado en una silla. La gente hacía fila para ser envueltos por la capa aquella que era de color azul. Ahí mismo, vendían artículos dedicados a los Reyes y está colgada una vieja pintura que homenajea a la peregrinación.
Los puestos estilo tianguis daban hasta el pequeño malecón de la laguna donde los lancheros ofrecen paseos a los visitantes. Tienen incluso, la paciencia de esperarse hasta que el cliente termine de comer para evitar posibles mareos. Por supuesto, había quien se iba con todo y botana para disfrutar el paseo.
Cajititlán luce casas sencillas, muchas todavía de adobe. Los caminos que llegan hasta ahí han sido ampliados y mejorados desde hace varios años. Ya sea que se llegue por la carretera a Chapala o por la carretera que lleva a San Miguel Cuyutlán. La entrada está empedrada con huellas de adoquín y los visitantes no pueden entrar al pueblito en vehículo (en estas fechas); debe dejarlo afuera y pagar 50 pesos por dejar el carro. Igual es un pueblito chiquitito y el centro está a sólo unas cuadras.
Los habitantes siguen con la esperanza de ver la laguna regenerada y de volver a tener una buena producción de peces. Esperemos que los gobiernos estatal y municipal dejen de aventarse pedradas y trabajen por limpiar el agua. De lo contrario, el “Machis” podría despertar y castigarlos por ensuciar su casa.
O pensándolo mejor…
