Por Moisés Navarro

El Puente de las Damas, que se pretende rescatar actualmente, se erigió a finales del siglo XVIII para que las mujeres no se mojaran sus vestidos en los charcos, pues al levantarse las prendas para que no cayeran al agua, incurrían “en una falta de pudor”/Fotos: Cortesía
Desapareció la última miscelánea de la que tengo memoria dentro de la ciudad de Guadalajara. Estaba en la esquina de la calle Colón y Epigmenio González, en el puro corazón del viejo barrio de Mexicaltzingo. El lote está rodeado por una malla y la finca fue destruida y ahora se funde con la tierra y el polvo de la remodelación de la calle Colón que ahora pretende que sea una zona 30.
La calle Colón está custodiada por negocios que se dedican a la reparación de electrodomésticos. La parte posterior de la vieja iglesia voltea hacia esta calle. También está la tienda La Colonial, una nevería, un negocio de venta de bicicletas, una peluquería, y hacia el final de la calle, el hotel Sinaloa, un motel y una gasolinera.
Bajo aquella misma calle, desde su cruce con Montenegro hasta avenida La Paz está, todavía en pie, un puente que data de la época colonial: el Puente de las Damas. De este puente ya se tenían noticias, pero no había podido verse hasta ahora que abrieron la calle. Por el lugar corría el arroyo El Arenal que provenía desde las lejanías del cerro del Coli y desembocaba en el río San Juan de Dios. Es un arroyo de temporal, pero cuando caían las lluvias el barrio se inundaba hasta por varias semanas y por lo tanto, la comunicación entre Mexicaltzingo y Guadalajara se hacía imposible.
Los motivos para la construcción del puente los relata Luis Sandoval Godoy: “Dicen que las distinguidas damas de Guadalajara, señoras principales del barrio de Mexicaltzingo sufrían especial molestia, pues el caminar entre el lodo y los charcos y pero aún, a los bordes del Arenal, tenían que subir su falda de elegante vuelo a ras de suelo, hasta la media pierna y eso―Ave maría del refugio―era un desacato, una falta de pudor de las respetables señoras”.
Además, los habitantes de Guadalajara tenían que acudir a Mexicaltzingo, pues al barrio llegaba mucho del producto que los tapatíos tragaban (perdón, consumían). Pero es por iniciativa y los recursos que juntaron las distinguidas damas de Mexicaltzingo que se comienza a construir el puente. El doctor Trinidad González y Gutiérrez cuenta en su libro dedicado al tema:
“Fue obra necesaria, más bien indispensable. Su instalación se hizo sobre la calle Colón, que antes recibía el nombre de La Aduana y está situado sobre las antiguas calles del Arenal, después Sánchez Román y ahora avenida de La Paz […]. Cuenta con [5] arcos semicirculares los que disponen de tres a cinco metros de altura […]. Esta importante obra fue hecha a iniciativa de fray Antonio Alcalde y Barriga y de los padres franciscanos y pudo llevarse a efecto entre los años de 1791 a 1798 e inaugurada este último año. El encargado de su construcción fue Fray Lorenzo de Zuñiga y el señor cura de Mexicaltzingo don Rafael Murguía […]”.
Si uno camina por el lugar podrá encontrar ―además de un personaje que vende fruta llena de tierra a causa de las obras― un par de zanjas en la calle Colón casi esquina La Paz. Ahí se podrá ver una construcción hecha de adobe. Es lo único que se alcanza a ver de dicho puente.
La forma en la que se descubrió la, todavía, existencia del Puente de las Damas lo contó la periodista Hilda Morán. Contaba en su nota (Informador, 1994) que un individuo de nombre Francisco Javier Valle se encontraba haciendo limpieza en un lote baldío de Colón y La Paz. Encontró un túnel y junto con su amigo Roberto Rivera Sandoval decidieron explorar el túnel cual película de Indiana Jones versión Guanatos. Bajaron cuatro metros y armados con una lámpara y una cámara dieron con el puente.
¿Quién habrá sido el cuachalote que mandó pavimentar la calle Colón con todo y puente? Según lo que encuentro en la hemeroteca de El Informador, para 1930 ya se habla del “desaparecido Puente de las Damas”. Lo cual quiere decir que fue a inicios de este siglo cuando el puente quedó soterrado. También significa que no le podemos echar la culpa a los miopes de siempre (los destructores de la vieja Guadalajara: Jesús González Gallo y el arquitecto Ignacio Díaz Morales).
Recordé a mi viejo profesor―ya también amigo― el ingeniero Jesús Garnica. Alguna vez nos dijo el viejito: “No sabemos qué hay debajo de nuestros pavimentos”.Y tal vez no lo sepamos nunca.
