Por Moisés Navarro*

A mi tío Rubén, el chiva más chiva que he conocido

Resulta difícil imaginar la avenida Unión como llanos y canchas de futbol. Fue a inicios del siglo XX, en 1923, cuando se formó la primera casa club del equipo Guadalajara, la cual iniciaba en avenida Unión y calle Bosque, ahora Guadalupe Zuno, justo enfrente de la ahora Casa Zuno. Y digo que es difícil, pues la mayoría de nosotros hemos crecido y circulado por esa avenida tal y como la conocemos ahora. Fue cerca de 1944 que el creciente tránsito vehicular hizo necesaria la ampliación de aquella avenida hasta la ahora Niños Héroes. Los terrenos de aquella casa club fueron vendidos y, la entonces colonia Reforma sufrió una transformación radical, la cual, no se ha detenido.

El presidente de aquella época fue Salvador Mejía y el primer partido realizado en aquellas canchas fue un Guadalajara vs Marte. El lugar era conocido como “Los campos deportivos del oeste”. Ahora en lugar de correr jugadores en shorcitos, corren vehículos desquiciados, ciclistas que se quieren poner al tú por tú con los automotores y la ruta 604 que nomás no lucha por su certificación y siguen conduciendo como se les da la gana.

A los al rededores hay oficinas, imprentas, una escuela de gastronomía, un café, una escuela de estética y estilismo y fincas abandonadas. Algunas de ellas tienen una gran belleza arquitectónica como la ubicada en la esquina de Unión y Efraín González Luna.

Sin embargo, no fue aquella casa club la primera en albergar al Guadalajara.

Primero, cuando las Chivas se llamaban Unión, a principios de siglo (el nombre del equipo y de la avenida no es casualidad, pues los bautizó el mismo hombre: Sabino Orozco. Si usted, como yo, detesta al chiverio, lamento decirles que ahora se va a acordar de ellos cada que circule por aquella avenida), jugaban en terrenos baldíos ubicados en la colonia Moderna, antes de que esta se llenara de casonas por todos lados.

Pronto el equipo se aburrió de ese nombre y el sobrino de Sabino, Gregorio Orozco y su camarada Edgar Evveraert decidieron ponerle Club Guadalajara para  acarrear más aficionados.

De los llanos de la Moderna se mudaron al parque de la cervecería Estrella, y después  a un terreno que donó el mismo Sabino Orozco. Este lugar está ahora en López Cotilla, Prisciliano Sánchez y llegaba hasta avenida Vallarta. No sólo el Guadalajara jugó ahí, también hubo partidos de beisbol. Los campos iniciaban en lo que fue posteriormente el Círculo Francés, a un costado de la Alianza Francesa. Del Círculo francés no quedan ni sus cimientos. Duró mucho tiempo en abandono, fue demolido y ahora se dan los últimos detalles a unas torres de departamentos que pronto saldrán a la venta (es curioso que en  dos de los lugares que albergaron al Guadalajara se construyan torres de departamentos. El otro es, desde luego, el club que habitaba en calle Colomos). Aquel lugar se llamaba “Campo de las bases chicas”. (Por cierto, si googlean ese lugar aparecerán respuestas como “metáforas de beisbol para sexo”. En fin).

El Guadalajara anduvo errante luego de su paso por Bases chicas. Se fueron a los campos de la cervecería La Perla, que cerró por los daños económicos de la Revolución. De ahí se fueron al Country Club, pero no los dejaron jugar. Así que transitaron por un lugar conocido como El Algohodonal y luego al Agua Azul. Después de no encontrar lugar fijo para el juego llegaron a los Campos deportivos del oeste.

A partir de 1944 la casa club se muda a la calle Colomos, y los juegos de las Chivas pasaron por el Estadio Oblatos, al Jalisco, y ahora en el estadio Chivas.

Por aquellos años, cuando no se formaba La liga mayor y con esta el inicio del futbol profesional, el Guadalajara jugó en la liga Occidente contra equipos como el Atlas, o el Atlético Occidental, contra quienes jugaron su primer partido aún con el nombre de Unión.

Todavía faltaban años para que se volviera el legendario equipo que es ahora. Aún faltaba que llegara el año del 57 cuando lograron su primer título, y luego la década de los sesentas, donde lograrían convertirse en el, quizá, mejor equipo de la historia del balompie mexicano. Ese equipo que ganara tanta afición, entre ellos, mi tío Rubén Navarro, quien a partir de entonces sufriría cada partido del rebaño, quien arrojaría televisores y grabadoras al suelo luego de cada derrota y desbordara en gritos y alegría desmedida con cada victoria.

Sirva esta especie de epilogo para aclarar que esta crónica es una especie de homenaje a mi tío, recién fallecido y no al club Guadalajara, pues mi afición al Atlas no me lo permite del todo.  Antes de que fuera internado, el Guadalajara le ganó tres goles a cero al América. Las palabras exactas de Rubén Navarro fueron: “Ah, qué chulada, compadre”. Al menos sabemos que el ahora equipo de Jorge Vergara por fin hizo algo que valiera la pena.

*Colaborador especial